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La vida sobre ruedas

ruben_portadaLos hechos de la propia vida suelen ser fuente primordial de inspiración de los escritores, quienes extraen de sus propias vivencias el material que necesitan para sus fabulaciones. Pero una vida plena de acontecimientos interesantes no siempre es garantía de una buena producción literaria. Sin embargo, si existe una buena madera de escritor, estos hechos son recreados, complementados y engarzados en relatos que fascinan al lector y lo arrastran en una vorágine que al terminar, deja un vacío en el alma.

Este es precisamente el caso del autor de “La Vida Sobre Ruedas”, joven que a los 17 años sufre un accidente y se ve confinado en una silla de ruedas que aparentemente pone punto final a su futuro. Pero Rubén Rivera Flores vence el reto, convirtiéndolo en una doble victoria.

En primer lugar, logra adaptarse a la nueva y difícil situación sin perder un ápice de su autoestima ni su alegría de vivir; luego, como ya no puede corretear tras la pelota de fútbol, da un giro de 90 grados y se vuelca a la literatura.

La revista “Gente” registra sus pinitos literarios. Escribe cuentos, luego algunas novelas cortas, que empiezan a mostrar su extraordinaria creatividad, humor y fácil manejo del diálogo, pero siempre evita abordar el tema que más conoce: la discapacidad física y los terribles problemas de adaptación que representa.

Hasta que finalmente toma la decisión. Abre por primera vez el doloroso cofre de los recuerdos, y el resultado es esta novela que estoy seguro marcará época en la literatura peruana. No sólo por su estilo ágil, trama cautivante y aquella ternura conmovedora de ciertos pasajes; principalmente porque rescata la figura del discapacitado devolviéndole la imagen exacta del hombre común y corriente, del que sufre y lucha, ama y trabaja, sin sentirse menos que nadie.

Algunas personas ven al hombre o a la mujer en silla de ruedas como un ser disminuido y digno de lástima por no poder caminar. Lo conciben como una persona derrotada y quizás quejumbrosa.

Después de leer esta novela se percatarán de su craso error. El discapacitado no puede valerse de sus piernas, es cierto, pero es capaz de llegar muy lejos, mucho más lejos que esos que contando con la plenitud de sus funciones, tienen el alma derrotada.

Sebastián es y no es Rubén, como lo he explicado. Sin embargo ambos tienen en común la ternura, la alegría de vivir y la altiva dignidad; también el gozo de aceptar con placer los nuevos retos, como oportunidades de probarse a sí mismos.

Fantasmales escenas en el hipódromo de Monterrico, recorridos del espíritu que está a punto de desencarnar, y una joven y bella mujer con poderes sobrenaturales, son los elementos que permitirían ubicar a esta novela dentro del realismo fantástico. Pero para mí, sobre todo, es un alentador mensaje dirigido a quienes ven limitadas sus capacidades físicas… y también para aquellos que no los comprenden, que somos la mayoría.

HÉCTOR ALVA CENTURIÓN
Periodista

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