Juan Miguel Salvador: Sentido y función de la librería

Juan Miguel Salvador (Madrid, 1966) es el director de la Librería Diógenes de Alcalá de Henares desde su fundación en 1987, y ha participado como ponente en diversos encuentros y congresos de libreros, tanto nacionales como internacionales.

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Cuando me invitaron a participar en este Congreso, yo me planteaba qué puedo aportar yo que sea de un mínimo interés para ustedes. Y después de dale muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que lo que yo puedo apartarles es contarles, desde dentro, el porqué de mi librería, por qué he llegado a ser librero y qué es lo que he intentado hacer siendo librero. A veces, uno llega a las cosas de una forma muy poco premeditada, en mi caso fue así. Yo estaba en la universidad y sentía una insatisfacción con lo que estaba haciendo, me fui y, como muchos otros jóvenes en el presente, emigré. En mi caso fue voluntario, no como sucede ahora, pero emigré para tener distancia. Me fui a Londres, lo típico, ¿no? para buscar trabajo fregando platos, y esa perspectiva me ayudó a entender lo que yo quería, lo que yo necesitaba y lo que yo buscaba. Y una de las cosas que yo echaba más en falta era estar rodeado de libros. Entonces, cuando volví a España surgió la oportunidad y con la inconsciencia que da el ser muy joven, pues me metí en este fregado y monté una librería.

Y al principio era algo que, como a mí me apasionan los libros y yo tenía el bagaje de ser lector y nada más, pues me metí sin saber dónde me metía y empecé a aprender con la práctica. Eso, que generalmente sale mal, por una serie de circunstancias, supongo que por la fortuna, a mí me permitió consolidarme y me di cuenta de que tenía que construir sólidamente un proyecto de librería. Una de las cosas que para mí fue más importante reconocer es que yo tenía que realizarla en la ciudad en la que estaba, yo tenía que hacer una librería para Alcalá de Henares que no podía estar en otro sitio que en Alcalá de Henares. ¿Por qué? Porque una librería se dirige a una comunidad de lectores y esa comunidad tiene las características que tiene. El proyecto librero, al final, tiene que encontrar de la comunidad de lectores a la que se dirige y al final se llega a un acuerdo entre lo que el librero propone y lo que los lectores desean. Y hay veces que la humildad es necesaria para darte cuenta de que no todos tus criterios son acertados con tu público, con tus clientes, y tienes que ser lo suficientemente flexible para darte cuenta de eso y rectificar a tiempo.

Entonces, para mí la librería ha sido una escuela de vida, sigo aprendiendo mucho de la librería porque yo necesitaba desarrollar flexibilidad, tolerancia –los gustos de la gente son muy respetables, no tienen por qué coincidir con los míos, yo no puedo imponer ni mis gustos literarios ni mis gustos ideológicos a la gente- y hay que llegar a un equilibrio entre proponer, sugerir, sin imponer. Otra de las cosas que ha sido necesaria es elegir el modelo de librería. En aquel momento, en 1987 (año en que abrió la librería Diógenes) en Alcalá había muchas papelerías, librerías que vendían libros de textos, librerías que tenían un carácter muy enfocado a la escuela. Y yo encontré un hueco, que era la necesidad de una librería general, enfocada sobre todo a la literatura y a las Humanidades y a las Ciencias Sociales. Por ahí es por donde empecé a apostar. También creía en ese momento, y lo sigo creyendo, que la literatura infantil y juvenil es esencial porque hay que seguir formando lectores, y más en estos tiempos en los que las pantallas, las tecnologías, tienden a alejar a los jóvenes, a los chavales, del objeto libro. El objeto libro tiene un valor en sí mismo más allá de su contenido. El formato libro, la sensualidad, la materialidad del libro en sí mismo es muy educativo. Y acercar a los jóvenes a los libros, que vayan conformando su propia biblioteca, que vayan estableciendo un criterio propio de qué es lo que les gusta y qué es lo que no les gusta es muy formativo.

Yo recuerdo que, para mí, la experiencia del libro, cuando era pequeño, me producía una fascinación que muy pocas otras cosas me la han dado a lo largo de la vida. Creo que la curiosidad es esencial para ser librero, y los libros abarcan el mundo. Y, por tanto, para una mente curiosa hay pocas cosas más fascinantes que los libros. Y luego hay otro elemento, un poco más mayor, que fue lo que realmente me inculcó ya definitivamente la pasión por la literatura, y es cuando uno lee y de pronto se ve reflejado en lo que está leyendo y se da cuenta de que está conectado con otra persona, con otra alma, con otra mente, con una intensidad y una cercanía que a veces supera a la que se produce en las interacciones de la vida real. Yo creo que hay pocas cosas tan gratificantes como leer un libro con el cual uno conecta en su más íntimo ser. Y creo que ese es uno de los valores que hay que reivindicar del libro y de la literatura: la capacidad que tiene para hermanarnos, para sentirnos partícipes de lo mismo.

¿Cuál es la misión definitiva del librero en todo esto? Pues es esa, es, precisamente, poner en contacto libros –y, por tanto, autores y obras- con potenciales lectores. Y esta función, que generalmente, en los últimos tiempos es denostada, se nos llama intermediarios… no, realmente es esencial. A lo largo de toda la Historia, la civilización ha ido conformando roles en los cuales se facilita el encuentro. Y el mundo de los libros y de la literatura ese rol lo tenemos los libreros. No sólo, no en exclusiva, los editores también cumplen su papel, los críticos, etc., pero los libreros encarnamos, precisamente, el propiciar, a través de un espacio físico, el encuentro entre un autor y su obra, con un lector que a lo mejor no sabe que quiere ese libro y al que hay que ayudarle a que lo descubra. Es muy importante reconocer que no es que no haya libros buenos y malos, porque los hay, sino que un libro, que para un determinado lector es un libro malo, pues puede ser un libro necesario para otro tipo de lector porque tiene que introducirse (en la lectura) y a lo mejor necesita ir entrando poco a poco en la literatura o en el conocimiento. Y por tanto, hay que tener la flexibilidad suficiente como para reconocer eso.

No es que todo valga, no todo vale, pero casi todo vale. No vale todo igual, hay que establecer criterios de valor, y una de las cosas que tiene que hacer el librero es ordenar todo lo que la producción editorial ofrece. Y acabar encontrando un orden y un sentido a toda esa enorme producción y a todas esas posibilidades para formar un conjunto, que es móvil, va cambiando, pero que tenga sentido y que tenga coherencia, que responda a las necesidades de su público y que, finalmente, pueda producir esos encuentros felices que se dan cuando un lector encuentra ese libro que o transforma su vida o le hace pasar unos ratos o le lleva al descubrimiento de sí mismo. De una forma, repito, que pasa con la literatura como con otras pocas cosas en la vida.

Entonces, los valores que yo he tratado de inculcar en mi librería -que es una obra de autor no de un solo autor porque las personas que acaban trabajando en una librería incorporan sus propias formas de hacer y, por tanto, van modulando ese proyecto que, en principio es de una persona- han sido la actitud crítica, es decir, huir del conformismo, hacer una lectura personal de lo que se ofrece; la distinción entre lo que es de mayor calidad y lo que no es de tanta calidad, intentar, en igualdad de condiciones, cuando un cliente o lector nos pide algún tipo de libro, tratar no de que vaya a lo más fácil, sino tratar que vaya a aquello que es lo más valioso dentro de lo que quiere y de que nos pide; la flexibilidad; la tolerancia, tener la capacidad de ofrecer cosas, en las Ciencias Sociales o en el Pensamiento, con las que uno no está de acuerdo pero que en sí mismas pueden ser valiosas; y establecer un criterio de lo que sí y de lo que no. En definitiva, de seleccionar entre toda la enorme oferta.

No quiero aburrir con cifras, pero son miles y miles de libros los que se editan cada año en España; han sido muchos miles los libros que han pasado por delante de mis ojos y no todo vale igual, hay que seleccionar, hay que decir “esto sí”, “esto no”… Hay un momento muy doloroso para los libreros, que es cuando hay que devolver. Devolver es hacer una caja con libros que llevan mucho tiempo en la librería, que no se venden y, entonces, el librero se los tiene que retornar a las editoriales. Supongo que ustedes recuerdan que en El Quijote hay un capítulo, El donoso escrutinio, en el cual tienen que seleccionar, de todos esos libros que han enloquecido a Alonso Quijano, qué libros salvan y qué libros destruyen. Bueno, pues esa es un poco la situación de un librero cuando tiene que devolver, cuando tiene que elegir qué libros permanecen y qué libros no permanecen. Y hay muchas veces que hay que hacer el doloroso ejercicio de desprenderse de libros que tienen valor, pero que no caben todos en la librería.

Entonces, creo que en momentos como los actuales, en los que todos los modelos están en crisis, las certezas no existen, pues hay que tener como un principio el apostar siempre por la calidad, apostar siempre por lo bien trabajado, y apostar también en la forma de hacer, de crear y de enfocar nuestras actividades, en su caso la escritura y en mi caso ser librero, por algo muy importante: los libros no son compatibles con la velocidad. Los libros tienen su propio tempo, su propia cadencia, que no es la del vértigo y no es la de usar y tirar. Y es lo que nosotros intentamos hacer, permitir que los libros duren lo suficiente en la librería como para que el libro bueno sea conocido, sea leído, genere la pasión que un buen libro acaba generando en sus lectores y tratar de huir de la lógica puramente de la rentabilidad, que se traduce en usar y tirar: el ciclo rápido de libros entando – libros saliendo. Yo creo que eso se puede aplicar a todas las esferas de la vida. No me permito darles consejos, por supuesto, pero sí creo que el trabajo bien hecho requiere su tiempo, requiere su maduración, su trabajo, su esfuerzo… Por supuesto que requiere talento, pero antes del talento está darse el tiempo y el trabajo, que el esfuerzo fructifique en algo que merezca la pena.

Recuerdo una cita, y con esto acabo ya, de un autor que para mí ha sido muy importante, con el que he disfrutado mucho, que es Gonzalo Torrente Ballester. Tiene un libro delicioso que se llama Los cuadernos de vate vago, que es un poco la cocina de la escritura de este señor. Realmente no escribía sus libros, tenía un magnetófono, le daba al play y se grababa las reflexiones que iban apareciendo por su cabeza. Y, bueno, en ese libro explica cuál es su mecánica de trabajo, los porqués de escribir de una forma u otra, por qué en un determinado libro incluye un párrafo o no… Y la dedicatoria de ese libro es: Al lector si no va deprisa. Y yo estoy totalmente de acuerdo con esa máxima y les animo a que ustedes la incorporen, que seguro que mucho de ustedes ya lo hacen. El trabajo bien hecho, el trabajo que se toma su tiempo, al final se nota y lo agradecen los lectores.


Respuestas al turno de preguntas:

¿Qué libro te impactó cuando tenías quince años?

¿Tiene que ser quince años?… A ver, mis favoritos eran las novelas de Emilio Salgari, Los tigres de Mompracem. Y no con quince, pero sí con dieciséis, el libro que me deslumbró fue Cien años de soledad. Tuvimos la fortuna de conseguir que en la asignatura de Literatura, en vez de leernos Los milagros de nuestra señora, convencer a la profesora para que nos dejara leer Cien años de soledad, y creo que el cambio fue para bien. No tengo nada en contra de Gonzalo de Berceo, pero nos estaba hablando García Márquez de un mundo mucho más sugerente y que avivó la imaginación de todos los que tuvimos ese placer. Y bueno, aunque tampoco era con quince, el verdadero libro que para mí es un antes y un después es Rayuela, de Cortázar. Ya sé que no es original, pero ahí es cuando yo sentí lo que les decía antes, que la literatura es más intensa que la vida, mucho más intensa y mucho más real, y eso es algo tan mágico que, bueno, pues que es una recompensa inigualable.

Al final es la vida misma, ¿no?

Sí, es que a veces la vida no enseña su sentido de una forma tan clara como lo hacen las obras de arte. Y por eso es por lo que los humanos, entiendo yo, estamos tan fascinados con el arte, porque dota a nuestra vida de sentido.

La vida en global, y no sólo los libros, no es compatible con la velocidad, hay que adaptarse a los ciclos regidos por el sol, que son anuales.

Estoy de acuerdo. De hecho, soy ecologista, me declaro ecologista a la par que librero. Si tuviera que elegir, no sabría cuál de las dos cosas me define más. Y creo, precisamente, que nuestra forma de vida se ha alejado de la naturaleza, y es un error que estamos pagando. Y, además, sólo hay un camino: el camino el volver otra vez a acompasarse con los ciclos de la naturaleza.

Y, aprovecho. No les he explicado por qué mi librería se llama Diógenes. Seguro que todos ustedes saben que Diógenes era un filósofo griego de la época no Clásica, sino de la posterior, de la época elenística, que era la época en la que las certezas habían desaparecido y en la que surgen las escuelas éticas. Los filósofos se dedican a investigar cómo vivir, y esos filósofos, todas las escuelas de aquella época, intentan imitar a la naturaleza. Y los cínicos –cínico significa perro, que era un apelativo que les lanzaban en plan despectiva y que ellos incorporaban con gran orgullo- decían que el modelo tenía que ser, en este caso, de los perros, claro que sí, en el cual no había hipocresía, no había fingimiento, buscaban placeres básicos, pero no por ello menos importantes. Y, sobre todo, huían del acumular, huían del tener, los valores no eran esos.

Entonces, bueno, para mí era una declaración de intenciones, tanto para mi proyecto librero como para mi proyecto vital. Luego la edad matiza y suaviza esas intenciones. Pero yo sigo reivindicando que la naturaleza es la gran maestra y nuestra vida se debería parecer más a la naturaleza.

Desde su punto de vista, me gustaría saber si, en relación con los libros académicos, de empresa y economía, con las nuevas tendencias del futuro con el formato digital, merece la pena publicar un libro.

Bueno, sobre el tema académico, una observación inicial: los universitarios han dejado de leer. Como es una generalidad, pues es falsa, pero entiéndame. Los universitarios, ya de una forma generalizada, tienden a, bueno, a buscar otras vías de información o de conocimiento que no es el libro, el libro como obra cerrada. Y entonces tienden a la fragmentación, picotear un poco de allí o de allá, bajarse unos apuntes de Internet… Bien, yo no lo voy a juzgar, sólo es una descripción. Y sobre la segunda parte de la pregunta: a ver, todo es respetable, yo creo que el formato digital sirve para lo que sirve, sirve para una información que no tiene una aspiración de constituir una obra con sentido en sí misma. Pero cuando uno aspira a hacer una obra cerrada, creo que el formato digital no es el más adecuado.

Después de romper la demagogia David, quiero que nos expliques cómo está el mundo de la Feria del Libro en Alcalá de Henares.

Me pones en un compromiso y no sé cómo voy a hacer para escaquearme. Porque suelo decir que en los veintisiete años que llevo como librero hemos ido a unas cuantas ferias del libro, no a muchas, y hubo un momento en que decidimos no ir. Sencillamente porque yo no le encontraba sentido. Supongo que se habrán dado cuenta de que repito la palabra sentido una y otra vez, pero es que a mí me cuesta hacer las cosas si no entiendo por qué las hago. Y… ¿cabe una Feria del Libro digna en Alcalá de Henares? Claro que cabe. ¿A día de hoy lo es? No. Bueno, nosotros intentamos muchas cosas, muchas iniciativas, coordinarnos con otras librerías… En fin, yo confío en que en un futuro sea posible que haya unas ferias en condiciones; hay muchos autores locales que se les podría dar más voz; hay muchas editoriales interesantes… En fin, yo creo que mimbres hay, pero el caso es que la realidad es que a día de hoy no, la Feria de Alcalá de Henares yo creo que no tiene mucho sentido.

Hay mucha gente que no comprende por qué los libreros no quieren ir a las Ferias del Libro. ¿Qué hace la corporación municipal, qué le supone a un librero una Feria del Libro?

Vale, pero no voy a hablar de los demás, sólo voy a hablar de mí mismo. No voy a echar culpas a nadie en esto. Para mí, ir a la Feria del libro tiene que tener dos objetivos: uno, promocionar el libro, y dos, o ganar dinero o al menos no perder; o al menos mucho. Si resulta que la Feria del Libro al final sólo consiste en una caseta, pues en mi librería hay 25.000 ejemplares y en la caseta puedo llevar 1.000. ¿Qué voy a llevar? ¿Sota, caballo y rey? Si es sólo para eso, mi primer objetivo no se cumple. Y el segundo: pues bueno, ha habido años en que la caseta costaba más, otros menos, pero es una gruesa aventura comercial y, entonces tampoco se cumplía el segundo. Yo soy librero todo el año, no sólo durante la Feria del Libro, y me parece que la función social, que para mí es muy importante, la realizo todo el tiempo aunque no vaya a una Feria del Libro.

El criterio de “libro bueno” y “libro malo”, ¿quién crees tú que debe señalarlo?

Yo creo que existen sucesivos filtros, que a su vez son criterios de valor, y ninguno de ellos es sacrosanto. Quizás ese equilibrio y ese dinamismo es una cierta garantía. El autor, primero, es el que elige lo que al final ofrece a las imprentas o a las editoriales; las editoriales deciden si lo publican o si no lo publican; los críticos literarios, si ponen la atención en ese libro, emiten su juicio… El librero, con las actuales dificultades que supone no poder dedicar demasiado tiempo a todos los libros que pasan por delante de sí, ejerce el suyo. Y luego el lector, que también ejerce su posibilidad de elección. ¿Todo esto garantiza que al final se preste más atención a los libros que literariamente tienen más valor? Pues no, no lo garantiza.

Y sabiendo que es así, a mí no se me ocurren muchas formas mejores de establecer un mecanismo porque es lógico que cada autor piensa que su libro merece la pena, cada editorial piensa que todos los libros que edita son buenos… Pero ocurre que la atención del público es limitada, que los medios de comunicación cumplen su papel y, por tanto, promocionan y hablan más de determinados libros, y todos somos susceptibles a la influencia de los medios de comunicación y de lo que nos dicen otras personas. Entonces, por eso yo decía que el tiempo debería ser un elemento que jugara a favor la obra, a favor de depurar, de decantar que al final el libro que tiene mérito lo pueda demostrar. Y cuanto más deprisa va el ciclo, más difícil es que suceda eso.

Pero si el libro está de canto en una estantería, lo único que se hace es echarle polvo.

Sí, tiene usted razón. Ahora yo le digo: ¿cómo hace un librero para darle oportunidad a las decenas de miles de libros que todos los años le ofrecen? Es muy complicado. Y, bueno, algunos intentamos conjugar, hacer equilibrios entre lo que sabemos que nos van a demandar y aquello a lo que hay que darle un empujoncito para que la gente le preste atención. Y seguramente cometemos injusticias, seguro.

Nos ha sugerido que el librero es un asesor, un instructor. En esta era digital, sigue existiendo el libro en papel, pero se están imponiendo los libros electrónicos. ¿Qué papel va a tener el librero dentro de 30 años? ¿Habéis tratado qué papel podéis jugar como prescriptores en esta sociedad de la prisa? ¿Cómo vais a poder asesorar?

Lo primero es que yo dudo que el libro electrónico se esté imponiendo, sencillamente es más fácil que un contenido esté en Internet que en papel, sencillamente porque es más barato, pero de ahí a que se esté imponiendo, hay un trecho. En cuanto a qué podemos hacer los libreros: en el mundo de Internet, los libreros tenemos -aparte de que cada uno tiene su blog, su Facebook, su página web- un blog colectivo que se llama Los libreros recomiendan. En ese blog, periódicamente, cada librero que lo desea hace un elogio de un determinado libro. Una crítica positiva, ya que pones la atención en un libro, que sea para bien, ¿no? Y compartimos eso en un blog común tratando de resaltar un libro.

A título particular, ¿qué es lo que hago yo? ¿O qué es lo que hacemos en nuestra librería? Lógicamente, seleccionamos aquello que nos parece de más calidad para ponerlo junto a, o destacarlo junto a los libros que sabemos que nos va a demandar el público. En este caso, lo que hacemos nosotros es dar una oportunidad o bien a poetas, que la poesía es un género complicado, que tiene menos lectores de los que merecería, y hacemos ciclos de poesía –llevamos cinco años trayendo continuamente a poetas que recitan en la librería-; y luego facilitando la presentación de libros en la librería de los autores locales.

¿Por qué locales? Porque, una vez más, hay que seleccionar, no podemos dar oportunidades a todo el mundo. Los consagrados no necesitan ya esa labor, y creemos que una forma de dar oportunidades es que los autores locales puedan presentar en la librería. Y creo que con los medios digitales hay que seguir haciendo esta labor de tratar que se ponga la atención en aquello que consideramos que merece la pena. ¿Dentro de 30 años? No sé, todos calvos, o al menos yo sí.

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