Fernando Pérez Sanjuán: Ser escritor, ¿vocación o profesión?

Fernando Pérez Sanjuán es un artista, como lo demuestra que se desenvuelva con igual brillantez  no solo en el arte pictórico o la escultura, sino también en la literatura. Nacido en Madrid, estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y es Catedrático de dibujo.

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Yo realmente, después de escuchar a tantas personas que han subido aquí, y las intervenciones del público, pues he tomado una serie de notas. Nunca suelo llevar preparado nada a esta serie de eventos. ¿Por qué? Porque entiendo que todo lo que llevas en la cabeza a modo de guión, o incluso escrito, aunque sea virtualmente, te puede bloquear luego. Prefiero ser más espontáneo. Yo estoy aquí para hablar de mi experiencia como escritor, me han pedido por lo menos eso… Bien, ella (la escritora Carmen Cordero en su presentación) ha dicho que la musa me susurró al oído hace poco el tema de la escritura. No es exactamente así. Cuando yo era adolescente tuve que elegir, tuve que elegir entre dos vocaciones que me tiraban tremendamente, que llevaba en el ADN.

Yo también suscribo lo que se ha dicho aquí: se puede aprender a dibujar, no creo que tanto a pintar, y se puede aprender a escribir honestamente, no tanto a escribir bien, estoy de acuerdo con lo que ha dicho Julia (Barella en la ponencia anterior), con lo que ha dicho el librero, Juan Miguel, y también, me gustaría hacer desde aquí un ruego: en el próximo congreso yo dedicaría menos tiempo para hablar con nosotros, y más para las preguntas, porque en las preguntas está muchas veces eso, la inquietud del público y ahí es donde uno se puede extender.

Bien, como decía, de adolescente me llamó la musa de la pintura y la musa de la escritura, pero ganó la de la pintura. Ojalá que en aquellos tiempos yo me hubiera dedicado, o hubiera podido encontrar una escuela de escritura como la que lleva Julia o la que lleva David (Vicente) porque tal vez me hubiera decidido y me hubiera metido en esa escuela en vez de haberme metido en Bellas Artes. Primero hice Arquitectura, como muy bien ha dicho ella (Carmen Cordero) pero me fui de allí y me metí en Bellas Artes. ¿Por qué? Porque sencillamente me tiraba esa profesión y no había nada en ese momento donde yo pudiera aprender a ser escritor. O, por lo menos, a encontrar una técnica que me permitiese expresar las ideas o los conocimientos.

Me metí en Bellas Artes, me licencié y, cosas de la vida, me topé con la editorial Anaya. La editorial Anaya me llamó para hacer libros de textos. Yo no tenía muy claro hacer un libro de texto porque eso suponía colgar los pinceles. Les dije claramente que no quería hacer el libro, pero al final me insistieron y al final claudiqué porque me pusieron un cheque delante de los ojos y, efectivamente, claudiqué. Hice el libro de texto, al final acabé haciendo toda la etapa de Secundaria. Se han traducido al gallego, se han traducido al euskera, al catalán, etc.. Entonces, a mí eso me sacaba, al principio, digamos, una profesión, pero al final se acabó convirtiendo, y lo digo claramente, en un vampiro que me chupaba un poco la sangre. Porque en el fondo, en el fondo, con la ilusión con que yo llegué a la editorial y con esa vocación para volver a escribir, se convirtió en profesión. Se convirtió meramente en un acto profesional. Los libros de texto, como muy bien saben los libreros, cada dos, tres, cuatro años, pues los políticos los quieren cambiar, los padres protestáis mucho porque casi siempre es el mismo contenido, y al final ¿qué sucede? Pues que es el mismo libro, pero retocado. Pero a los que estamos haciendo libros de texto, en este caso como autores, nos obligaba a hacerlo.

Entonces, yo no veía el modo de librarme de esos quince años que estuve realizando los libros de texto. Pero sí que es verdad que el hacer libros de texto, la autoría de libros de texto, me permitió, como muy bien ha dicho Julia, poner en orden mis pensamientos; o mejor dicho, mis conocimientos. Yo creía que sabía hablar de educación, que sabía dirigirme a los chicos, pero tuve que adaptar el lenguaje, tuve que adaptar el contenido, y ese horror me permitió luego enfrentarme a hacer mi primera novela. Es decir, de alguna manera estructuró mi mente para yo poder dedicarme luego a la literatura. A una novela que ya tenía pensada en la adolescencia, y sé que aquí hay una chica que habló antes, que eres adolescente, que has cogido el micrófono, pero no tenía la suficiente capacidad, ni técnica, ni, por supuesto, formación, para poderla escribir.

Sin embargo, sí que es verdad que lo que saqué en claro de aquella aventura editorial de los libros de textos fue que me permitió hacer una novela. Una novela sin ninguna pretensión, que metí en un cajón y estuvo un montón de meses metida en el cajón. Tengo que decir que, como la hice sin ninguna pretensión, tampoco imaginé que esa novela se iba a publicar algún día: sencillamente fue por mi mujer. Mi mujer es una gran lectora y un día me preguntó si podía leer la novela. Entonces le dije que sí; y le dije que sí porque ese proceso siguiente al mero y puro acto creativo a mí no me iba a suponer nada. Es decir, era mi mujer y como era mi mujer me diría que estaba muy bien y punto; no iba a ser, por supuesto, objetivo. Pero cuando me dijo que no estaba mal, le dije: “Bueno, vamos a hacer una cosa: le damos el manuscrito a cinco amigos, a cinco allegados, y a ver qué opinan”. Y, eso sí, con el ruego de que fueran lo más tremendamente sinceros que pudieran.

Cuando me dijeron las conclusiones que habían sacado de la novela, la verdad es que ya empecé a pensar que había escrito un libro grandioso, mi Quijote particular. Entonces me entraron ganas de publicarlo, de llevarlo a las editoriales, de llevarlo a los concursos literarios, y ahí hice un plan. Ni mis canas me ayudaron, porque entonces me asaltó la vanidad, esa vanidad que yo ya creía que la tenía desterrada y que volvió otra vez a apoderarse de mí como un virus maligno. Entonces, hice un plan. Cogí la novela, pum pum pum, la pasamos al ordenador, busqué un concurso literario de prestigio, que además estaba en Valladolid, y mandé la novela. Mandé la novela y me olvidé. Ni qué decir tiene que aquel sesudo jurado, que yo no sabía ni quién era, ni me contestó. Volví a meter la novela en un cajón y seguí pintando.

Pero, efectivamente, en la vida, y por eso animo a quienes empezáis, animo a aquellos que escribís, que tenéis el sueño algún día de publicar, siempre creo que hay alguien dispuesto a mover los hilos por uno. Y a ése me lo topé por casualidad: fue amigo mío, al que yo conocía, que sabía que era pintor, pero no sabía que era escritor. Es decir, no escritor, sino que había escrito una novela. Y tengo que decir que, además, él tiene una editorial; y, además, la voy a nombrar, la editorial Góngora. Entonces, cuando leyó la novela dijo: “Hombre, esta novela tiene cierta dignidad”. Y, entonces, a mí se me abrió una puerta, se me abrió un camino porque esa persona tenía muchos contactos y al final la novela acabó en una editorial y acabó publicándose. Hoy en día estoy muy orgulloso de esa novela (Gemelos) porque van a sacar la quinta edición.

A mí me gustaría haber tenido anécdotas más escabrosas en mi andadura profesional para publicar, pero no es así. Es decir, yo no puedo meterme en la piel de otros escritores a los que les ha sucedido de todo. Antes se ha mencionado a Rayuela. Rayuela estuvo por ahí dando tumbos un montón hasta que un editor la quiso publicar. Yo he tenido suerte, la verdad es que en ese sentido me considero muy, muy afortunado por haber podido escrito mi primera novela y por haberse publicado.

Aquí se han dicho muchas cosas. A mí se me han quedado muchas cosas en el tintero, pero este no es el momento tampoco porque no hay demasiado tiempo. Yo no quiero extenderme mucho más, pero sí decir, a no ser que haya alguna pregunta, y prefiero que me pregunte el público, pero sí decir que hoy en día, en el ámbito literario actual habría que cambiar algo. Claro que estamos en crisis, claro que el público se mira el bolsillo cuando un libro vale más de doce euros, ó diez ó seis euros. Yo tengo la experiencia de haber ido a presentar las novelas con otros compañeros, con las personas que están aquí y que me están acompañando en los flancos perfectamente, y el público, cuando hemos hablado los cuatro (él, Carmen Cordero, María del Carmen Aranda y Lucía de Vicente), se quieren llevar alguna novela de uno de los cuatro. Pero claro, es que ella tiene un montón de novelas, es que ella tiene un montón de novelas, y es que ella tiene un montón de novelas y yo también tengo cuatro novelas. Es un presupuesto inalcanzable para muchos bolsillos. Y he observado cómo van mirando, y van mirando el precio. Y al final, si tú tienes una novela de veinte euros y una novela de doce, se lleva la doce euros. Esto es una realidad y eso que se la lleva el lector asiduo, el lector que lee. Porque, efectivamente, la crisis también ha afectado al ámbito literario.

A mí se me ha quedado antes por preguntar al librero (Juan Miguel Salvador), porque no siempre he tenido la oportunidad de tener a un librero como Juan, director de la librería Diógenes de Alcalá de Henares, una pregunta: y es qué opina de los grandes centros comerciales. Yo desde aquí, y ya que algunos ponentes han dado caña, quiero dar caña: señores lectores, no compren jamás un libro en El Corte Inglés. Lo siento si hay algún representante, pero lo digo con toda honestidad. Nosotros, los escritores, somos al fin y al cabo quienes menos ganamos por el libro. Y eso cuando vamos contratados, porque cuando es autoedición, imaginaros, como muy bien se ha dicho aquí (el coste de publicar es de) 2.500, 1.500 euros… Total, ¿para qué? Para vender cien ejemplares, doscientos ejemplares…

Entonces, al final, ¿qué te queda? La vocación, la vocación. Es decir, yo creo que aunque no hubiera vendido un cuadro en mi vida, hubiera pintado. Y yo creo que aunque no hubiera publicado jamás un libro, hubiera escrito. Porque la vocación es esa lava del volcán que está ahí, ese magma que está de alguna forma en ebullición y un buen día sale.

Entonces, si eres honesto y lo que escribes te gusta a ti, es muy probable que enganches un día con el lector.

 

Durante la ponencia de María del Carmen Aranda, hace un inciso sobre el sometimiento de los medios de comunicación a los beneficios económicos

En ese sentido, Carmen, si me permites, me he enfadado mucho con un periodista porque mi intención no era otra que publicitar el Congreso. Y contacté con la redactora, no voy a decir el periódico, con la redactora jefe del periódico, me hicieron una entrevista, estuve dos horas y media preparando la entrevista. Y me dijeron que iba a salir el día 6 (de febrero, viernes). Las últimas preguntas las incluí yo porque se hablaba de este acto, de este evento. No ha salido la entrevista. He cogido el teléfono y les he puesto a parir. Les he dicho que no quiero volver a salir en ese periódico porque me han dicho, así, taxativamente, que es que no salía la entrevista por culpa de que habían metido mucha publicidad.

Respuestas al turno de preguntas:

¿Los dos pensáis que el escritor es una persona que ve el mundo de otra manera, que es más alegre, más abierto?

Vamos a ver, aquí se han dicho muchas cosas. Una de las cosas, te la digo a ti (a la persona que ha preguntado), que tienes catorce años, es que el escritor, efectivamente, trabaja en soledad. La soledad es un atributo del escritor. Pero inexorablemente. Pero después de esa soledad, el escritor también quiere compartir, y no solamente quiere compartir sus pensamientos, que ha puesto en orden en un libro, sino que también quiere estar en contacto con el público. Por lo menos los escritores más actuales. Yo estoy muchas horas en mi casa escribiendo y pintando, porque como he dicho antes también, debo repartirme. Y a veces me quedo meses enteros sin salir a la calle, pero de repente tengo una necesidad de hablar a los demás y de conversar a los demás que no te puedes ni imaginar. Porque lo necesitas. El fin último de toda creatividad es la comunicación.

Un escritor es alguien que ve el mundo de una manera diferente…

Es que lo ve diferente, porque si no, no sería escritor. Y uno de los ingredientes de esa forma de ver el mundo diferente es la curiosidad. No se puede ser creativo si no eres curioso. Newton, que para mí ha sido uno de los grandes cerebros de la Humanidad, quizás por encima de Einstein y de algunos otros, y en el campo de la pintura pues probablemente pondría a Leonardo (Da Vinci), aunque no le pondría en primer lugar, eran tremendamente curiosos. Todas las leyes de la mecánica de Newton fue simplemente porque tenía la curiosidad de observar la naturaleza.

Hoy nuestros jóvenes, en los institutos y en la universidad, adolecen de esa curiosidad. ¿Por qué? Pues por lo que hemos dicho antes, porque con la clase ya se quedan contentos, pero tú a un joven en una universidad le dices: “¿Te has fijado en la cantidad de hormigueros que hay desde la universidad a tu casa?”. Y él te dice: “¿Pero qué dices, voy a fijarme yo en los hormigueros?” Pues habrá cien mil, pero con que te fijes en uno, ya es bastante.

Había un sabio, y esto para la de catorce años, que creo que es la más joven de este congreso, había un sabio oriental que invitó a un sabio occidental. Y el sabio occidental se levantaba temprano, como el oriental, y hacía un montón de cosas. Y, miraba por la ventana, veía al sabio oriental sentado al lado de una brizna de hierba. Y así día tras día, día tras día, día tras día, meses y meses, meses y meses. Y ya un día, el sabio occidental le pregunta al oriental: “Mira, no te entiendo. Llevas aquí seis meses mirando esa brizna de hierba”. Y le dijo: “Cuando comprenda esta hierba, comprenderé el mundo”.

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