Alonso Guerrero: Adolescencia y literatura

Alonso Guerrero nació en Mérida (Extremadura) y su carrera literaria siempre ha estado ligada a la editorial extremeña La Luna Libros. Ganador del Premio Felipe Trigo en el año 1982, es Licenciado en Filosofía y Letras, y actualmente es profesor de Lengua y Literatura en el IES Alkal’á Nahar de Alcalá de Henares.

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En el prólogo a Secuestrado, Stevenson justifica su falta de exactitud histórica, al contar el asesinato de Appin, aduciendo que la historia de David Balfour no es para la biblioteca del erudito, sino para las veladas de invierno en la clase de una escuela, cuando las tareas han terminado y se acerca la hora de irse a la cama. Las escuelas ya no son así, pero no hay nada que nos haga pensar -ni la omnipresente televisión, ni los aclamados videojuegos, ni la inquietante exposición a los teléfonos móviles- que los que van a clase hayan perdido su capacidad para convertirse en destinatarios de grandes y entretenidas historias. Muchas madres y padres me preguntan habitualmente si existe una forma de que sus hijos vuelvan a la lectura, como si la lectura fuera un paraíso perdido del que un arcángel con espada llameante los hubiese expulsado. Y, de hecho, sobreentendiendo que la lectura es consustancial a la adolescencia, incluso a la infancia. Y en efecto, hasta que la sociedad, la cultura residual que vivimos y los políticos se han puesto a luchar contra la escuela, la lectura de cómics y novelas era propia de los jóvenes.

Igualmente, los padres quieren saber cómo llevar a sus hijos, por primera vez, hacia los libros. Les gustaría que hijos que nunca han leído oigan con suficiente claridad la llamada de esos mundos lejanos, poblados por personajes que, en definitiva, no dejan de ser las posibilidades de futuro que tienen los propios lectores, es decir, los niños o adolescentes en cuestión. Los personajes son siempre posibilidades para el lector, y así es como hay que verlos. Así, al menos, es como sé que ellos, los lectores, los jóvenes, mis alumnos, los ven, porque yo mismo fui uno de ellos.

Las recetas para conseguirlo no son infinitas. Es más, diría que se resumen en una sola prueba, que nada tiene que ver con quien les recomienda que lean. El que hace esta sugerencia no puede más que predicar con el ejemplo, dado que la pasión con que alguien recomienda a otro que lea es una pasión pura, una pasión que el otro tiene que ver en uno; no sólo ver, sino apreciar. No que uno pueda probar ante el otro. A menudo les digo a los padres que vayan con su hijo a la librería a comprar El hobbit y se lo pongan encima de la mesilla de noche. Sólo eso. Si Tolkien, o Stevenson, o Machen, o Lovecraft no lo consiguen, nadie conseguirá que den los primeros pasos en ese camino. En cuanto a esta cuestión, hace años estuve a punto de convertirme en una suerte de calvinista cultural: pensaba que todos estamos predestinados. O quizá, más que un calvinista, un firme partidario de Swedenborg: serán los amigos que elijamos en la vida, las seducciones que aceptemos, los que marcarán si vamos hacia los libros o nos alejamos de ellos. El determinismo que marca que nos guste leer, o que no nos guste, es implacable e impracticable. Es, de hecho, el lugar al que estamos destinados. Tal determinismo no puede ser doblegado, aunque sí, como he dicho, infinitamente tentado, seducido, y hay que tener en cuenta que cualquiera puede apartarse de un camino si encuentra otro más atractivo. Es necesario, pues, presentar ese camino a tanta gente a la que lo que realmente le gustaría es que la seleccionaran en el casting de Gran Hermano. Aunque sólo sea ofreciéndole la oportunidad de saber quién fue realmente el Gran Hermano

El tema de esta breve ponencia es explicar, en lo posible -siempre en lo posible-, en qué debe consistir esa tentación que haga que un espíritu poco interesado por la fantasía, es decir, por las posibilidades de ser otro, pueda adentrarse en un mundo sin puertas e, igual que un Peter Pan, quedarse en él. Juguemos, por tanto, con una predestinación revisable, revocable. Juguemos con la posibilidad de que exista una doña Inés que pueda redimirnos, o apartarnos, de lo que el destino ha dictado para nosotros. Intentemos que ese abismo que nos despeña en el basurero de internet, o nos enajena en el limbo de Whatsapp, y que surge más o menos entre los ocho y los dieciocho años, pueda ser desviado hacia las cuevas de los piratas de Moonfleet, o hacia el casino de Baden-Baden donde Dostoievski se jugó su último soberano.

Llegados a este punto, no se trata de superar problemas, sino de tomar decisiones. La primera es la de optar por la literatura, en lugar de por el cine. El cine desempeña en muchos casos el papel de la literatura, pero el cine impone la mirada del director, no la del espectador. Y en cierta medida separa al lector del libro. En la obra literaria el lector dobla sus esquinas; en el cine, el espectador es llevado de la mano por un lazarillo que no siempre es fiable. El escritor de libros habla siempre a un hombre, el director de cine habla a una multitud. ¿Preferimos formar parte de ella, en lugar de tener un diálogo lo bastante personal con el autor de la obra que nos gusta? Pese a que soy un absoluto amante del cine, prefiero cenar con Tolkien que con Peter Jackson, por encomiable que me parezca la versión cinematográfica que este nos ha dado de El señor de los Anillos. Prefiero lo original a las versiones, las voces a los ecos, como decía Machado.

La siguiente elección estriba en qué leemos, o qué recomendamos leer. Creo que la pregunta está contestada, y forma parte del tipo de educación que deberíamos reivindicar impartir. En primer lugar, no creo en la literatura juvenil. Verne, Tolkien o Salgari nunca escribieron para jóvenes. Los jóvenes se los han apropiado a través de atajos que nada tienen que ver con la literatura, atajos como el cine o los dibujos animados de  sobremesa. Este es otro debate. Enid Blyton, o Laura Gallego dicen escribir para jóvenes, o al menos lo parece, por tanto nunca recomiendo libros suyos. Es decir, prefiero que el alumno acceda a ellos sin mi intermediación, siguiendo sus propias investigaciones como lector, después de leer previamente lo que yo les he recomendado. Leyendo a Laura Gallego no tenemos por qué llegar a Verne, o a Salgari, y dudo que también pueda darse el camino inverso, por la sencilla razón de que Verne escribía para soñar, y Gallego, por poner un ejemplo, a la que respeto muchísimo, para vender.

Bien, una vez que hemos desatado la polémica, hay que responder al por qué. El autor amarrado a su banco de galeote por las editoriales, porque supuestamente gusta a los jóvenes, es casi siempre un tipo al que le gustaría escribir otras cosas. Es un tipo que vuelve a decir, hasta la saciedad, lo que otros han dicho antes que él. Es lo que algunos críticos han llamado discurso repetido. Prefiero recomendar Sinuhé el egipcio, o El nombre de la rosa, a otras cien mil novelas llamadas “históricas” que repiten sus efectos especiales, sólo porque las editoriales piensan que los lectores no consumen argumentos, sino fórmulas. Apartarle del mercado, en eso consiste iniciar a un joven en la lectura. Llevarlo al origen de todo lo que ha oído, de todo lo que gusta a todo el mundo. En cuanto a los que no han leído, no van a encontrar nada interesante en la saga Crepúsculo, si no lo encuentran en el Drácula de Bram Stoker, o en El guardián entre el centeno de Salinger. Si fuera así, la lectura también puede ser simplemente entretenimiento, incluso un entretenimiento preferible a la petanca o a hacer balconing, pero me  gustaría, como pedagogo, que fuera también un arma crítica y un disfraz que todos pudiéramos ponernos.

En otras palabras, entre leer y no leer, es preferible que los jóvenes lean, siempre. Pero también prefiero recomendar a los que han dicho las primeras palabras sobre tal género, tal tema o tal personaje, en lugar de a los que las han repetido. Llamo vuestra atención sobre una novela de Ray Bradbury que siempre impresiona a los jóvenes que la leen, al igual que a los que ven la película que François Truffaut dirigió: Fahrenheit 451. Según esa novela distópica, los libros de papel, tal como los conocemos, serán quemados en un mundo futuro porque provocan la reflexión y, por tanto, infelicidad. Muchos lectores temen que esa civilización sobrevenga, y el hombre pierda todas sus armas para desobedecer. Juguemos, sin embargo, con la absurdísima tesis de que ese proceso de quemar libros esté ya produciéndose. Échenles un vistazo a los escaparates de novedades de las librerías. ¿No les parece que el monje que vendió su ferrari, el bolígrafo de gel verde, los vampiros tuneados de Crepúsculo, o los adolescentes  de Blue Jeans, encerrados, como Segismundos, en las cárceles de las redes sociales, representan esa quema de libros que nos impide pensar y desobedecer? ¿No les parece que los grandes libros, al menos los decisivos, han sido ya quemados sin encender una sola fogata? Siempre se puede recurrir a Conrad, desde luego, por 6 euros el volumen, pero qué importancia le da a Conrad el mercado, la escuela, la televisión… ¿Pueden Conrad o London competir con la señora Stephenie Meyer? ¿Podemos aprender algo de la vida recurriendo a nuestros escritores contemporáneos, al menos a la mayoría? No, lo digo terminantemente. Una cosa es vender, o venderse; y otra mostrar desinteresadamente cuál sería el papel de quien nos lee en una situación en las que jamás se va a encontrar.

A menudo es lo que me piden mis alumnos: novelas que hablen de la vida. Al final observo que lo que precisan no son argumentos simplemente actualizados, sino argumentos con emociones, con opciones y alternativas, transcurran en el siglo XVII o en el siglo XXI. Cualquier gran novela nos habla a todos, no sólo a sus contemporáneos. Es lo que hay que pedirle a la educación: que sea capaz de eliminar el tiempo, el atuendo, la moda, y consiga que el adolescente sienta en su garganta el veneno que tomó Romeo, su desesperación y su falta de esperanzas.

Creo que los pedagogos estamos para eso: para llevar a nuestros alumnos por caminos distintos a los de la industria cultural. Contamos con una ventaja: no necesitamos perder el tiempo en las novedades, pues sabemos que una novedad consiste en leer lo que ha “enganchado” a millones de personas. Debe interesarnos lo que enganche a una sola. Para alguien que se inicia en la vida una novedad no es eso, sino un argumento lo bastante sincero para formar parte de él.

Encerremos, por tanto, a nuestros alumnos, a nuestros hijos, con unos cuantos argumentos cuidadosamente elegidos, o mejor, argumentos que el tiempo haya elegido por nosotros. No hay más que eso. Los clásicos son libros que siempre contestan a preguntas, y la adolescencia es la edad de las preguntas. Démosles, eso sí, las luces necesarias para verlas. Las luces subacuáticas del Nautilus, las luces arrancadas a las estrellas. Para escribir esta ponencia he tenido que leer cosas como los diarios de Gregg, de un tal Jeff Kinney, un libro que arrasa entre los niños de doce años. Resulta, además, que lo que más se vende son las versiones de series televisivas, como La que se avecina. Si yo fuera un preadolescente actual, me resultaría extraño que mis preguntas fueran respondidas con sátiras, por poner un ejemplo. Sería como plantear un problema y que te contestaran que reírte de él es el único modo de superarlo. Sin duda, eso no es superarlo, sino rodearlo de una forma en que ni siquiera vemos las claves, los enigmas ni las distorsiones. En otras palabras, las actuales lecturas adolescentes que se supone que enseñan a eso, a ser adolescentes, están impuestas por una industria cultural que mete a todas las personas en el redil de los mismos sentimientos. Los óbices que pongo podría ponérselos también a la literatura para adultos. Son los tiempos que corren. Si tengo que mostrar a alguien qué es el amor, prefiero darle a leer Catriona, de Stevenson; o las novelas de Jane Austen, con todas las trampas que aquella época planteaba, que los panfletos de Blue Jeans. Sobre las primeras han pensado sus autores, sobre las segunda sólo sus editores.


Respuestas al turno de preguntas:

¿Qué consejos da a quienes escriben literatura juvenil?

Yo creo que la literatura siempre es la misma. La literatura juvenil es, simplemente, más que meterse en un género, meterse en una edad. Entonces, el problema de la literatura juvenil es que yo creo que al joven le gusta leer literatura para adultos. A los adolescentes les gusta que otros les den consejos o que les planteen argumentos que estén más allá de su propia edad. El adolescente, yo creo, reniega de muchas cosas, pero sobre todo reniega de la edad que tiene. Entonces, el consejo que le daría a la gente que escribe para jóvenes es el mismo que le doy a la gente que escribe para adultos: yo he dicho que no creo en la literatura juvenil, pero eso no quiere decir que no me gusten libros escuchen para jóvenes, que también. El único consejo es que intenten ser originales, que intenten rastrear para descubrir cosas que la gente, normalmente, ni cuando observa la realidad, ni cuando escribe, ve. Es decir, realmente hay que mostrar la vida a los jóvenes y a los lectores, tengan la edad que tengan.

Lo que ocurre es que es preferible intentar ver las cosas como otros no la han visto. Yo jamás me pondría a escribir un libro en el que creo que no aporto algo original mío. Y para repetir, como he dicho, las palabras de otro, no me pongo siquiera a escribir. Para eso veo la televisión o leo, que me gusta todavía más que escribir. Entonces, yo pienso eso, que más que no entremos en el género de la literatura juvenil, que no sólo entremos en ese género, sino que lo miremos con una amplitud de miras mucho más grande de lo que aparece hoy día. Es decir, quien escribe para ver cómo una niña se enamora de un niño a los quince años, y lo que siente, y lo que el otro siente, y todos los problemas que le pueden caer encima, me parece muy bien, pero es literatura realista. ¿Para qué vamos a llevar a los libros lo que vemos ya en la calle? ¿De qué sirve que una persona lea en un libro lo que le está pasando a ella? Es preferible que si lee, por lo menos encuentre algo que le ayude a llevar su vida, a encauzarla o a verla de otra manera.

Normalmente, al menos yo, cuando acudo a un libro, acudo para que me enseño cosas que no veo por mí mismo, sino que me pueden enseñar otras personas. Hay gente más preparada, más original, infinitamente mejor que yo, y me gusta leer a esa gente. No al hombre que me está observando desde el hombre de enfrente y repite lo que estoy haciendo yo. A eso me refiero.

¿Qué opina de recomendar libros de autores contemporáneos y no sólo clásicos porque también reflexionan, hacen reflexionar y también hablan de la vida?

Sin duda, estoy de acuerdo con ello. Pero yo como pedagogo prefiero empezar por el principio. Sé que hay buenos escritores, sé que hay gente que conecta muy bien con los jóvenes, evidentemente. Pero, repito, no es porque sean escritores para jóvenes, sino simplemente porque son buenos escritores. Estoy muy de acuerdo con que los jóvenes, por supuesto, buceen en la literatura contemporánea, sea cual sea, pero, para mi gusto, es necesario partir de este otro camino perifrástico, que lean libros apasionantes escritos en el siglo XX y en el siglo XIX, y luego que ellos investiguen hasta llegar a la literatura contemporánea. Prefiero que hagan eso en lugar del camino contrario, simplemente por cuestión pedagógica.

¿No será mejor el camino contrario? Hay jóvenes a los que les mandaron leer El Quijote que me dijeron que no habían sido capaces de leerlo. También porque el profesor les obliga de escribir un comentario de texto. En este sentido, se comenta la publicación de la nueva versión de El Quijote por parte del escritor Arturo Pérez-Reverte.

Yo soy muy selectivo en lo que mando para estos chicos. Soy muy estricto en la cuestión de la selección de lecturas. El Quijote no se me ocurriría ni en BUP ni en COU. Suelo mandar libros apasionantes de literatura extranjera, es decir, libros que ya he probado que tienen agarre a esas edades. Y son libros para mayores también. Entonces, si quieres te pongo algunos ejemplos. ¿A qué adolescente no le gusta El perro de los Baskerville? ¿A qué adolescente no le gusta La casa en el confín de la Tierra, de Hodgson? ¿O Secuestrado, o Catriona, de Stevenson? ¿O La isla del tesoro? Son libros que siempre inician caminos, que pueden llevar, naturalmente, a lo contemporáneo. Eso ya depende del lector. Pero yo como pedagogo tengo que incitarles, ponerles en un lugar determinado para que ellos después escojan los caminos que se bifurcan. Yo les doy libros que me gustaron a mí a su edad. Yo siempre tengo una guerra con mis compañeras de seminario precisamente por eso, porque tenemos dos visiones diferentes de lo que se debe leer a esas edades. Entonces, claro, yo siempre opto por libros apasionantes, maravillosos, que me han gustado a mí a esa edad y que es un inicio del camino de la lectura para que, cada cual, después elija lo que quiera, algo más contemporáneo, algo más clásico, eso da igual.

Normalmente, yo creo que El terror, de Arthur Machen, es un libro que apasiona y es un libro muy bien escrito. Es un libro que hace pensar en otras cosas y en otros libros. Y sobre la versión que está haciendo Pérez-Reverte de El Quijote… No leo a Pérez-Reverte ni sus libros originales, imaginaos El Quijote que haga Pérez-Reverte. Es como, yo qué sé, yo creo que ese libro no debería entrar aquí en Alcalá. Deberían dejarlo fuera.

El problema de esos textos es que son ya textos pirológicos. Hay tanta distinta entre el lenguaje de Cervantes y el lenguaje los jóvenes actuales que ese es el único problema que ellos tienen. Al final, a través de una crónica de lectura vital llegarán a Cervantes y llegarán a todos los autores clásicos. Un escritor como Quevedo ya es posible darlo en Bachillerato en un instituto. ¿Por qué? Porque Quevedo es demasiado rico, tiene demasiados sentidos, tiene un lenguaje que hay que descamarlo como si fuera una cebolla, para entender lo que dice Quevedo. Y luego descubrimos que lo que dice es tremendamente original, que es genial. Pero tenemos que replantearnos la enseñanza en ese sentido, tenemos que replantear nuestras horas libres.

Hay dos cosas en el coloquio en las que no estoy de acuerdo porque, precisamente, habla usted como demagogo. Yo creo que a un niño lo que hay es que crearle el hábito, por ejemplo con tebeos, que no se crea con tochos. Y sobre no darle a leer El Quijote, creo que me ofende. Me he convertido en una verdadera enamorada de El Quijote. El gran error es que se lee entero, pero si se leyera como una antología, no resultaría pesado.

Estoy de acuerdo con usted en lo que ha dicho de los cómics. Yo he sido un gran lector de cómics. En cuanto a El Quijote, todo el mundo es defensor de El Quijote. Su problema, y no es un problema que lo diga yo, sino que lo dicen ellos (los estudiantes) es el lenguaje, naturalmente que magnífico. Pero no es fácil. No es eso lo que me dicen mis alumnos. ¿El Quijote fácil? Si no existiera el Whatsapp y los teléfonos móviles en los que hay que poner “porque” como se pone… Lo mismo ocurre con La Celestina. Yo no sabría decir cuál de ambos libros me gusta más, pero, claro, en la enseñanza, el problema que tienen estos libros es el nivel en el que se enseñan o se dan a leer. Yo creo que El Quijote hay que leerlo completo porque el propio Quijote te arrastra a leerlo, por supuesto. El problema es ese, que tenemos que darle el suficiente conocimiento, la suficiente sensibilidad para que los alumnos se vean arrastrados por él y que el lenguaje no sea un lastre para esa comprensión. Es el mejor libro del mundo, sin duda, pero algo está haciendo mal la educación si está apartando a los chicos de dieciocho, dieciséis, quince años, de El Quijote. Simplemente es eso.

¿Cómo ves el futuro para el libro de cierta calidad, en relación con el libro electrónico?

Lo veo mal, soy muy pesimista con esa cuestión. Yo creo que ahora mismo en España los autores que realmente tienen algo que decir están inéditos y no van a editarse. Es que ese es el problema, están inéditos. En cuanto a la cuestión electrónica, al nuevo soporte de libros: no tiene por qué ser mala, ¿por qué no vamos a poder leer un libro electrónico si lo leemos en papel? Pero incluso el soporte influye en el contenido porque no tenemos tiempo ni de pensar.

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